Y ahora, ¿qué hacemos?
Una periodista de La Voz de Cádiz escribía en su columna semanal, el pasado domingo 8 de noviembre, la siguiente reflexión crítica sobre los detallistas de la Plaza de Abastos:
El Ayuntamiento de Cádiz quería que yo viera el resto de mi futuro desde una ventana a ras de suelo en San Juan de Dios. Aunque me haya negado, sigo estando a ras de suelo para ver la vida.
Una periodista de La Voz de Cádiz escribía en su columna semanal, el pasado domingo 8 de noviembre, la siguiente reflexión crítica sobre los detallistas de la Plaza de Abastos:
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No me resisto a colgar en mi ventana la bandera contra los muros. Pero la de verdad, no la de boquilla que enarboló Zapatero en su estancia en Berlín. Por eso reproduzco un excelente artículo de Josep Ramoneda publicado ayer domingo en El País.
JOSEP RAMONEDA OPINIÓN El País 15-11-09
Los muros de Zapatero
Dijo Zapatero en Berlín: "No podemos perder de vista que hay otros muros en el mundo que deben caer". Tiene razón el presidente. Y, además, tiene fácil contribuir a esta noble causa que nos propone. Hay dos muros, dos vallas, en Ceuta y en Melilla, que bastaría con una orden suya para que cayeran.
Ceuta y Melilla forman parte de los muros construidos para proteger al primer mundo de los parias de la tierra. Hay muros que impiden salir y muros que impiden entrar. El de Berlín -como el de Corea- tenía como objetivo evitar la huida de los que no conseguían convencerse de que la miseria moral, económica y política en que vivían fuera el paraíso. Al muro de Berlín se le llamaba el muro de la vergüenza, y lo era. Pero cayó éste y los muros se multiplicaron por todas partes, sin que apenas nadie levantara la voz. Los de Ceuta y Melilla -como la mayoría de los que se han construido después de la guerra fría- no pretenden impedir que la gente salga, sino que determinada gente entre. Como ha dicho Tzvetan Todorov, son muros que emiten un mensaje inequívoco a los desheredados que quieren probar fortuna en el primer mundo: "El permiso de residencia comprende el riesgo de muerte".
Zapatero tiene una gran responsabilidad en los muros de Ceuta y Melilla. Fue él quien convirtió unas simples vallas bastante vulnerables en un sofisticado sistema de barreras metálicas imposible de pasar sin enorme riesgo físico. Todo el mundo sabe que en España la inmensa mayoría de los inmigrantes entra desde la Unión Europa o por los aeropuertos. Sólo un porcentaje muy pequeño (en torno al 10%) lo hace a través del mar, desde Marruecos, Mauritania o Senegal.
Cualquiera que haya tenido la ocasión de visitar a los subsaharianos que malviven por los bosques del entorno de Ceuta y Melilla constatará que, a pesar de la valla, todos los que se lo proponen acaban entrando. Y los que no llegan no es porque hayan desistido, sino porque se los ha llevado el mar. El reforzamiento de las vallas de Ceuta y Melilla sólo ha servido para tres cosas: para que el tiempo de espera, deambulando por el norte de Marruecos, sea más largo; para que las mafias hayan aumentado considerablemente el precio del viaje y, por tanto, el volumen de su negocio; y para que aumente la lista de los muertos. Cuando los flujos han disminuido no ha sido por obra y gracia del muro, sino, pura y simplemente, porque la oferta de trabajo ha caído.
¿Cuál es, entonces, el sentido y la razón de las vallas de Ceuta y Melilla? Puramente propagandístico. Matonismo de Estado para tranquilizar a la ciudadanía, monumentos a las paranoias de las sociedades ricas, a los miedos de los habitantes del primer mundo que viven con desasosiego la incertidumbre de estos tiempos de cambio. Y que, con las complicidades de sus gobiernos, han seleccionado a algunos grupos de inmigrantes como chivo expiatorio de todos sus males. El presidente Zapatero es el principal responsable de dos de estos artefactos monstruosos que, con toda razón, dice ahora que debemos dinamitar.
Y, sin embargo, parece obvio que, cuando dijo en Berlín que había que acabar con todos los demás muros, no estaba ni remotamente pensando en los que son de su responsabilidad directa. Algunos lo imputarán a la frivolidad, en cuya columna Zapatero ha entrado bastantes asientos. Otros dirán que fue puro cinismo, pero sería bastante estúpido presumir de que nadie se acordaría de Ceuta y Melilla cuando se hablara de muros.
Creo que es un problema de discernimiento. De no querer entender que Ceuta y Melilla también son muros de la vergüenza que vienen simplemente a confirmar una penosa ley de este mundo: sólo los ricos o los habitantes de países ricos pueden hoy desplazarse sin problemas de un punto a otro de la Tierra. La fractura es grande, y las vallas de Zapatero sólo contribuyen a hacerla todavía mayor.
Zapatero tiene una querencia a confundir la realidad con las buenas palabras. La ligereza de su frase de Berlín es de la misma naturaleza que la frivolidad del discurso de la Alianza de las Civilizaciones, que las vallas de Ceuta y Melilla contradicen a diario. Quiere entenderse con ellos y les impide el paso.
Los muros sólo caen derribándolos. Si el presidente no está dispuesto a derribar los suyos, que tenga por lo menos el buen sentido de guardar silencio. Y si quiere dar lecciones, que predique con el ejemplo.
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De nuevo hay movida en el Partido Socialista en Cádiz. La responsable de la Casa del Pueblo renuncia a su cargo y el débil equilibrio de fuerzas en el que se encuentra la Agrupación Local se resquebraja. Es una lástima que estas cuestiones estén debilitando al socialismo gaditano y nos priven de una auténtica oposición al poder absoluto del teofilismo. Pero entre renuncias y expedientes, los socialistas gaditanos parecen preocupados de cualquier cosa menos de hacer oposición.
Quisiera, sin embargo, centrarme en esta cuestión, la de los expedientes. El revuelo que se generó a partir de que unos militantes socialistas abrieran una ventana en internet, en forma de blog, donde expresar sus opiniones y posiciones tanto en cuestiones de política general o municipal como las relacionadas con el funcionamiento del Partido Socialista, es una muestra de la falta de democracia endémica en los partidos políticos españoles. Desde aquel famosísimo "el que se mueva no sale en la foto" que dejó Alfonso Guerra para la posteridad, el requisito de la democracia en el funcionamiento en los partidos políticos que exige el artículo 6 de la Constitución se ha visto pisoteado en innumerables ocasiones.
Los partidos tienden a acallar las voces disonantes, a rehuir del debate, del intercambio de ideas y se han convertido en aparatos al servicio del poder o con el objetivo de conquistar el poder, pero siempre bajo la estricta orden de “prietas las filas”. Dos son las premisas para ser un militante de provecho en un partido político: inquebrantable fidelidad al líder y seguidismo ideológico. Aunque líder e ideología sean evidentemente mejorables, nunca es el momento para abrir ese tipo de debates.
Pero no creo que sea responsabilidad exclusiva de los políticos. Ni siquiera principal. Creo que los culpables de la dinámica cuartelaria en la que han entrado los partidos radica en la propia sociedad. Son los medios de comunicación los que cargan las tintas contra los partidos que consienten disidencias. Y la sociedad, en cada convocatoria electoral, tiende a castigar a aquellos partidos que han destapado sus vergüenzas, que han mostrado fisuras aunque tales fisuras sean el resultado de la contraposición de planteamientos ideológicos diversos. Es la propia sociedad la que lleva a los partidos a hacer todo lo posible para mostrar al exterior, una sola cara, una sola voz… Aunque sea a costa de dinamitar la democracia en el seno de los propios partidos.
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Esta semana en el Hoy por Hoy Cádiz el principal debate ha sido el de los ciclistas. En mi columna de hoy, yo me he posicionado. Por supuesto a favor de las bicicletas y de su utilización. Algunos palos me han caido en la línea directa. También algunos comentarios a favor. De todas formas, estoy acostumbrado a ser minoritario. Por eso, no dudo en reproducir mi comentario:
Hasta la semana pasada me tenía por un buen ciudadano. Erróneamente, creía que lo de separar el papel, los envases y los restos orgánicos, pagar mis impuestos, no tener la música alta por la noche o llevar los aparatos eléctricos viejos hasta el punto limpio de la Zona Franca me permitían mantener con cierto orgullo mi condición de vecino de la ciudad más antigua de Occidente. Me equivocaba.Lo descubrí la pasada semana escuchando, como siempre y no es peloteo, el Hoy por Hoy Cádiz. Resulta que para muchos de mis vecinos soy un peligro, un asesino en potencia, un hombre que pone en riesgo la seguridad de ancianitas y la tranquilidad de jubilados, prejubilados, parados y demás estirpes que pueblan las calles de Cádiz. No yo, Diego Boza, por mi mismo, claro está, sino uno de los grupos a los que pertenezco. Porque entre las muchas cosas que no debería ser, una de ellas es ciclista en Cádiz.Resulta curiosa la reacción de mis conciudadanos a la presencia de las bicicletas en las calles de Cádiz. Yo que creía que lo de montar en bicicleta era algo sano, moderno y que contribuía a una movilidad sostenible me encuentro con las viejas hogueras para los herejes que desafiamos la tiranía del automóvil en Cádiz. Unos que, como yo, arriesgamos todos los días sorteando coches por la avenida y otros que no se atreven a tanto y prefieren, por su seguridad atrincherarse en las aceras. Todos somos un peligro, el principal mal del transporte de esta ciudad.Se nos señala como extraños porque preferimos las dos ruedas, los pedales y el esfuerzo a la comodidad contaminante y asfixiante de un coche. Pero los entiendo. Yo entiendo a quienes llaman criticando a los ciclistas en Cádiz. Son los mismos que aplauden un segundo puente para que vengan más coches, aunque no sepamos donde ponerlos. Son los mismos que caminan por el absurdo carril bici de la avenida Juan Carlos I y te gritan si les pides que se aparten. Son los que no han viajado a Italia, Alemania o Suecia y han visto la convivencia del peatón, la bicicleta y el automóvil con carriles bici que, realmente, permiten ir de un sitio a otro. Ellos ven cada vez más bicicletas en las calles y tienen miedo. Pero yerran la crítica. Porque los auténticos culpables no somos los que hemos apostado por la bicicleta como medio de transporte, sino los políticos que no han entendido el mensaje y se empeñan en hacer una ciudad secuestrada por los coches.
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El pasado jueves 25 de octubre, en el Hoy por Hoy Cádiz, se emitió mi siguiente comentario:
El pasado martes la asociación con la que colaboro, la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía, publicó un informe sobre la situación de la Justicia de menores en Cádiz.
Afrontar la cuestión de la responsabilidad penal del menor en el debate público es tarea ardua puesto que la relevancia de algunos (pocos) casos condicionan la posición mayoritaria. Las voces que reclaman mayor dureza en la respuesta represiva, exigiendo, incluso, rebajar la edad penal a los doce años se alimentan del dolor que nos genera a todos ciertas desgracias que, pese a su gravedad, no deben condicionar la visión de conjunto.
Esa visión de conjunto obliga a revisar los conceptos que nos invaden desde las páginas más amarillas y negras de nuestra televisión. El interés superior del menor es la base fundamental de un sistema de justicia que separa la justicia de menores con respecto a la de los mayores. Este trato diferente que no debe confundirse con permisividad ni con laxitud sino que es la concreción de una diferencia evidente entre el niño y el adulto en relación a su desarrollo y necesidades.
Por ello, la correcta aplicación de las medidas que la ley contiene y el esfuerzo de resocialización deben inspirar a una justicia de menores que trate de apartar a los autores de pequeños delitos de una espiral de violencia y represión que les conduzca a la marginación y el estigma social de la cárcel en su edad adulta. Sin embargo, es Cádiz la provincia de Andalucía en la que la aplicación de las penas de internamiento tiene porcentajes más elevados.
La opción por soluciones alternativas frente al internamiento requiere más esfuerzo y más interés por todas las partes y, parece, que la dotación personal y material de la justicia de menores en la provincial no invita a ese esfuerzo. Son juzgados con escaso personal y con índices de permanencia muy bajos lo que perjudica a la necesaria especialización. Ello por no hablar de los problemas de infraestructuras como el de los juzgados de la calle San Francisco. O del hecho de que ayuntamientos, como el de Cádiz capital, no tengan aún firmados los convenio con la Conserjería de Justicia para la aplicación de los trabajos en beneficio de la comunidad.
A nadie parece importarles los dos principales objetivos en esta materia: educar al infractor y resarcir a la víctima. Pero lo que nos jugamos no es poco, porque los menores, estos menores de hoy, son el futuro. Son nuestro futuro.
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